ETICA Y MORAL EN LA ESCUELA

La escuela logra en sus alumnos ciertos aprendizajes y comportamientos planificados y no planificados. Entendiendo lo primero como actividades formales (planificaciones de actividades). En cambio el segundo viene a referirse al currículo oculto, el que hace mención a la intención que tiene la educación dentro del marco referencial en el que se encuentra.

La escuela es un conjunto de agentes que se dedican a educar, el maestro con sus actuaciones también lo hace. Muchos de ellos se convierten en modelos para sus alumnos y alumnas, otros al contrario despiertan un cierto rechazo, muchas veces por su manera de actuar. Esta discriminación que hacen los alumnos de sus profesores es una de las razones que debe llevar a reflexionar al docente sobre su papel como educador. Lo fundamental es que se educa no solo con el discurso, sino también con la forma en que este se exprese, con el tono o la forma con que dice ciertas cosas, con la vitalidad o el desgano, con los énfasis y las declinaciones, con los ademanes y gestos, en conclusión con todo lo que se hace y se deja de hacer.

Los educando se convierten en los primeros jueces de sus profesores, cuestionando su coherencia entre la teoría y la práctica y entre sus diferentes formas de expresión. Un docente que en su discurso habla de compromiso cuando nunca tiene tiempo para sus alumnos, o que constantemente llame la atención sobre la importancia de obrar con criterio propio cuando siempre se le ve doblegado frente al director del establecimiento en el cual se desempeña, pondrá a tambalear cualquier propuesta de educación moral por más cuidado que se haya tenido en su elaboración. “El estudiante recibirá mensajes contradictorios en caso de que un profesor dedicado a enseñar la dignidad humana, siguiese utilizando en su lenguaje los prejuicios raciales, los estereotipos acerca de determinados grupos culturales, los lugares comunes acerca de la inferioridad o incapacidad de autonomía de la mujer, etc.”

Esta es la realidad que deberá llevar al docente a reflexionar sobre su propia formación moral, sobre sus actitudes, comportamientos y prácticas que afectan directamente la labor educativa, participando de ese modo en el mismo proceso de formación moral de los alumnos, haciéndose consciente de la necesidad de ser cada día una mejor persona, digna de credibilidad y en quien sus alumnos puedan depositar su confianza.
En conclusión los docentes deben promover una gran cantidad de valores, pero siempre y cuando no pase a llevar las creencias o los otros valores que los niños poseen.